La vida de la señora Petra

La señora Petra vive en Vallecas y su vida no es muy feliz. Lleva veintiocho años casada con un electricista y tiene una hija de veintiséis años que hace dos se fue a vivir con su novio. El piso en el que vive apenas tiene treinta metros cuadrados.

La señora Petra no llegó a terminar la enseñanza secundaria. A los dieciséis años se puso a trabajar en la frutería de su tío hasta que se casó cuatro años más tarde y dejó el trabajo para ocuparse del hogar y de los hijos que viniesen. Afortunadamente no vino más que una hija porque el sueldo de su marido no le habría permitido tener más. Junto con su hija tuvo una fuerte depresión postparto durante cuatro años que no se trató porque no era consciente de tenerla; ella solo notaba que “estaba muy triste”.

Antes de casarse la señora Petra tenía muchas ilusiones acerca de su futuro. Le gustaba mucho leer y soñaba con que algún día terminaría sus estudios y se convertiría en escritora. Antes de casarse leía por las noches en su habitación, pero cuando se casó tuvo que buscar huecos entre la lavadora, la plancha, la cocina y la aspiradora para poder abrir un libro durante unos minutos. Cuando nació su hija esos huecos de tiempo se redujeron hasta casi desaparecer, pero mantuvo la esperanza en que cuando la niña creciese y se fuese haciendo autónoma, el tiempo para leer volvería. Esas ilusiones fueron marchitándose lentamente.

Cuando la señora Petra se casó estaba enamorada de su marido, o al menos eso era lo que ella creía. Pero con el paso de los años fue perdiendo primero la pasión, luego el afecto y más tarde, cuando descubrió rasgos de su marido cuya existencia no sospechaba, le fue perdiendo el respeto. Actualmente lo que siente es una mezcla de miedo e incomprensión.

A pesar de ello piensa que su marido no es mala persona. Solo una vez recibió una bofetada y luego le pidió perdón, a pesar de lo cual la señora Petra tomó medidas para no recibir más golpes, adoptando una postura distante y sumisa cuando veía que él empezaba a irritarse.

La señora Petra sufre violación conyugal casi todos los fines de semana, cuando su marido no tiene que madrugar para ir al trabajo a la mañana siguiente. Hace años que ya no intenta evitarlo y no dice que le duele la cabeza o que está cansada y muerta de sueño porque teme consecuencias desagradables, ya que con el paso de los años el carácter de su marido se ha ido agriando. Cuando su marido vuelve del bar tras ver un partido de fútbol en el que su equipo ha ganado lo hace lleno de euforia oliendo a alcohol y hablando con lengua estropajosa. Esos días la señora Petra sabe que podrá dormir tranquila, aunque tenga que irse a la habitación que entes ocupaba su hija, porque tras unos torpes e infructuosos intentos de tener sexo, él se quedará dormido. Pero si su marido ha visto perder a su equipo es mucho peor, porque además de bebido viene furioso y en esos casos la señora Petra se calla, se empequeñece, trata de hacerse lo más invisible que pueda hasta que su marido deja de dar voces y golpes y, por efectos del alcohol, se queda dormido.

La señora Petra no habla de esto con sus amigas, ante las que trata de mantener una imagen de normalidad sobre su matrimonio y solo se desahoga con su hija, la única persona con la que tiene la suficiente confianza, cuando la visita una o dos veces a la semana. Su hija le ha aconsejado más de una vez que se marche de casa, que aún no es tarde para que empiece a vivir su propia vida, pero la señora Petra está convencida de que eso sería peor, pues no tiene ningún sitio adonde ir, no tiene ingresos ni estudios ni una profesión y sus padres, que aún viven, sobreviven a duras penas con una escasa pensión de jubilación. 

A la señora Petra no le ha interesado nunca la política; piensa que todos los políticos son unos ladrones y unos cuentistas, sean de partido que sean. Cuando hay elecciones se queda en casa o vota por el partido que le dice su marido. Ha escuchado hablar del feminismo pero no sabe muy bien en qué consiste. Piensa que las feministas son unas señoras que tienen mucho tiempo libre para reunirse y hacer protestas porque tienen a alguien que se ocupa de hacer el trabajo doméstico. Alguna vez su hija la ha llevado a reuniones de mujeres que tratan de ayudar a otras mujeres y en una ocasión se atrevió a hablar porque se sintió retratada en la descripción que una oradora hacía de las injusticias y el desprecio que sufren muchas mujeres como ella. Hizo varias preguntas que empezaban por la frase “tengo una amiga que me ha contado…”, ya que le daba vergüenza hablar en primera persona. Pero no le gustó lo que le contestaron porque se parecía mucho  los consejos de abandono del hogar que le daba su hija.

Existen muchas señoras Petras que permanecen olvidadas, encerradas en su miedo a un futuro incierto, atenazadas por un desprecio al que ya se han habituado, paralizadas por el miedo a una reacción violenta, convencidas de que ya no están en condiciones de valerse por sí mismas. Es muy difícil llegar a ellas porque rechazan la ayuda, incluso si reconocen que necesitan ayuda. Creo que lo único que puede hacer el movimiento feminista es continuar insistiendo e insistiendo, tratar de romper el círculo de miedo en el que permanecen presas, hacer que comprendan que los riesgos que implica romper ese círculo merecen la pena, hacerlas sentir que fuera de ese círculo van a encontrar apoyo y protección.

En una palabra, convertir en acciones esa vieja frase de que si hay alguien más explotado que un obrero, es la mujer del obrero.

Jorge Saura
Coordinador del Área sobre Violencia contra la Mujer del Partido Feminista de España

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